editorial

Periodismo: alma, rigor y… ¡guerra al “corporativés”!

María Oña Hernández, Directora de Comunicación de la Fundación

María Oña Hernández, Directora de Comunicación de la Fundación

Es un grito de guerra, sí, necesario entonarlo aunque sea en silencio, en estos días en los que se impone la comunicación acelerada, y se ha generado más información ​en los últimos 10 años que en toda la historia de la humanidad.

Es un grito de guerra, sí, necesario entonarlo aunque sea en silencio, en estos días en los que se impone la comunicación acelerada, y se ha generado más información ​en los últimos 10 años que en toda la historia de la humanidad. En estas tardes en las que los periodistas tenemos que defender más que nunca una comunicación que mire de frente a dos de los principios fundamentales del buen periodismo: el alma y el rigor. Valores que cruzan fronteras y son denominadores comunes; para la información pura y dura, para los artículos de opinión, para los ​comentaristas o​ para la comunicación corporativa, y que en estas noches, vagan huérfanos, rehenes de una sobredosis de superficialidad de los contenidos, sembrando una nostalgia que muchos no sabemos o no queremos identificar:

-¿Será que he perdido criterio, mi objetividad, aquella sensibilidad crítica que tanto me costó construir y educar?... ¡Bah!, debe ser el estrés de la era digital, este bombardeo compulsivo que recibo y con el que interactúo en modo autómata… Mañana será otro día…

​Pero amanece y el periodismo sin rigor y sin alma cabalga como el diagnóstico de una enfermedad que contamina las redacciones, las redes sociales, las noticias contadas con las prisas del “todo vale”. Mientras, los profesionales del mensaje, los comunicadores, tenemos el deber de que los ciudadanos,  lectores, oyentes o espectadores puedan sentir en cada palabra el pulso de la vida, de hacer que los reportajes huelan a lo que cuentan, de intentar que enamoren a sus consumidores y les inciten a bailar con ellos, aunque la banda sonora que suena sea la de una revolución: la Cuarta Revolución Tecnológica.

Todo esto lleva a pensar o a soñar que muchas instituciones y empresas ya se han dado cuenta y están redefiniendo sus modelos, y además de apostar por la tecnología y la digitalización, quieran cuidar el corazón y el alma de sus contenidos, el rigor de sus mensajes, la ética de su discurso.

Es el caso de la Fundación Microfinanzas BBVA, consciente de la responsabilidad moral que supone que, detrás de ella, estén sus más de 8.000 empleados y siempre delante, el ejemplo de los dos millones de personas a las que apoya. Ellas son las que merecen que hagamos una buena comunicación, algo que supone una batalla continua, una conquista diaria…Y en esas estamos, luchando con nuestras mejores armas para que la comunicación corporativa que hacemos sea de calidad y esté a la altura de nuestros emprendedores. Queremos que sirva de altavoz para nuestra misión y que suponga un orgullo para quienes formamos parte de ella. En este desafío tan apasionante como​  ambicioso, el equipo de comunicación de la Fundación cuenta con una gran ventaja, con cinco enormes​ ventajas: con profesionales de otros cinco países, con los que cada día hilvanamos palabras y tejemos párrafos que enriquecen la tarea y por supuesto el resultado.

Peeeero… hay una cuestión que tenemos pendiente allí, aquí y en más de medio mundo: ¡la guerra al corporativés!

Guerra al “corporativés”

Junto al Reino Unido, Suecia es la pionera en el uso de la Comunicación Clara: todos sus documentos públicos cuentan con el sello de un experto en lingüística que certifica que están escritos en un lenguaje claro. Así de sencillo. Los franceses también llevan tiempo empeñados en simplificar el lenguaje; el administrativo, el jurídico, el presidencial, ¡todos! En EE.UU. es una cuestión de ley: desde 2010, el Acta por la Escritura Clara obliga al gobierno a comunicarse de la forma más sencilla posible con los ciudadanos.

Entre los hispanohablantes adoptar esta tendencia está costándonos más, pero… ya no puede esperar. Llenar un texto de formalismos y términos casi sacerdotales, o cuanto menos barrocos, lejos de comunicar mejor, complica más el mensaje. Es fácil encontrar noticias, documentos y sentencias que no dicen lo que quieren contar hasta la mitad o más del texto, ¿cuántas veces hemos tenido que releer para entender el mensaje? Por eso, hay que hacer el esfuerzo de desprenderse de rutinas lingüísticas. Lo dicen los expertos en lenguaje claro (y lo hemos podido comprobar en nuestro día a día), y añaden que el corporativés es contagioso, porque no exige reflexión sobre lo que cuentas, vas casi en automático, arrancas la máquina de la rutina y sale solo.

Escribir claro es difícil porque te obliga a pensar en quién tienes delante, pero la vieja fórmula de “sujeto – verbo – predicado” puede ayudarnos:

La Comunicación es nuestra imagen pública